Menospreciar al televidente
by Esteban
Tengo varios vicios. Más de los que estoy dispuesto a admitir en público. Sin embargo puedo decir que la TV no es uno de ellos. Tal vez porque no tuve tele hasta bastante grande (y aun cuando llegó a casa la programación de Canal 6 de Bariloche era bastante acotada), tal vez porque siempre fui de leer libros, tal vez porque no me gusta el entretenimiento “dado en cuchara” en general. No se.
Sin embargo de vez en cuando me engancho con algo. Pasa muy raramente y, por lo general solo me dura un par de capítulos de lo que sea.
De repente me encontré pensando que desde Okupas no hay un solo programa de producción argentina que me haya llamado la atención lo suficiente como para decidir que iba a verlo de manera cuasi-religiosa. La retrospectiva nació después de intentar sobrevivir al capítulo inicial de “Malparida”.
[Interludio: Telenoche, otrora el noticiero más respetado de la TV Argentina se transformó en poco más que un infomercial para la nueva serie del canal. Bastante vergonzoso.]
En Argentina sobra talento. Hay (algunos) muy bueno guionistas, varios excelentes directores, una camada interesante de actores de entre 25 y 45 años. ¿Qué es lo que pasa entonces?
Los canales no saben arriesgarse. Asumen que saben que es lo que el público quiere (si, hay mucha gente que quere culos y tetas, pero también hay gente que quiere entretenerse de otras formas) y repiten fórmulas probadas de ¿éxito? hasta el hartazgo.
La novela costumbrista, el culebrón y alguna otra cosita más es casi todo lo que se ve en la TV desde hace demasiados años. Ha habido algún vago intento de policial (nunca negro) o programa de misterio, pero han sido escasos y pobres intentos; por lo general bienintencionados pero faltos de recursos de producción o buenos libretistas.
Los programadores de Televisión están absolutamente convencidos de que el público no puede seguir más que una muy simple y única línea argumentativa. Y se equivocan. Fulero.
La prueba está en la popularidad de los programas de chimentos de la tarde. Aquellos entendidos en la materia saben que las líneas de enredos en los que se embarca la pseudo-farándula vernácula tienen más vueltas que el capítulo más retorcido de Lost. Que tal andubo con ese otro, que este traicionó a aquel que estaba por firmar contrato con el de más allá… etcétera, etcétera…
Tales porquerías son consumidas a diario por varios millones de personas. Su calidad es pésima, su aporte a la cultura nulo. Entonces ¿Por qué querría alguien en su sano juicio usarlas como ejemplo? Por su complejidad. Hay tantas líneas de lectura, tantas cosas sucediendo al unísono en un chimento que es bastante llamativo cómo la gente los puede seguir.
¿No me creen? Preguntenle a cualquiera que vea tales cosas (sin ejemplos para no caer en un lugar común) que les explique cualquier situación. Van a perder la siguiente media hora escuchando una serie de líneas argumentativas completamente disimiles que convergen casi milagrosamente en el sujeto a explorar.
Volviendo a lo que disparó toda la disertación: Malparida. Los malos son obviamente malos, los buenos obviamente buenos (aunque disfrazados un poco de otras cosas), el argumento absolutamente lineal y predecible. Eso es lo que insulta la inteligencia de la teleaudiencia. Por cada nueva propuesta televisiva que cae en todos esos lugares comunes hay un gatito que se muere.
